lunes, 14 de noviembre de 2016

DESEOS DE FELICIDAD


Como cada noche, Clara acompañaba a su pequeña a la cama y aprovechaba para charlar un poco con ella o contarle algún cuento...

-Mamá, -dijo Alicia con voz dulce y suave, -¿Por qué no eres igual que las demás mamás?

Clara levantó su mirada y se quedó pensando un momento hasta retroceder a su propio pasado. Volvió a mirar tiernamente a su hija acariciando a la vez una de sus pequeñas manos.

-¿Sabes cariño? Hace mucho tiempo, cuando era tan chiquita como tú y tu abuela se acercó a darme las buenas noches, le hice una pregunta parecida, le pregunté que por qué no era igual que las demás niñas, que podían correr y saltar.

Me dijo la abuela que había un niño que no era feliz y estaba muy triste porque no podía andar y un Ángel, le pidió la fuerza de mis piernas por un tiempo a cambio de llenar nuestros corazones de amor y felicidad, que ella estaría siempre conmigo, que sería mi mejor amiga y que el Ángel, daría siempre todos los pasos por mí hasta que volviera a darlos sola.

Me dijo también que si yo era feliz, que ella también iba a ser muy feliz y que mi sonrisa, me ayudaría siempre a tener muchos amigos y a que todos me quieran.

Y desde entonces, cuando puse en mi cara una sonrisa, mi vida cambió, empecé a conocer a muchos chicos y chicas, y tuve muy buenos amigos, entre ellos tu papá, un hombre maravilloso que ahora es nuestro Ángel y nos cuida desde el cielo porque nos quiere mucho.

¿Y sabes...? Siempre he sido muy feliz... Cuando me recuperé y volví a andar, y cuando después tuve que volver a sentarme en esta silla.
Y ahora contigo a mi lado sigo feliz, mucho más...-.

En los rostros de la madre y de la niña se dibujaron unas hermosas sonrisas que parecían que iban a durar siempre y el brillo tan especial en sus miradas, llenó de tenue y cálida luz la habitación, mientras que la abuela, desde la puerta entreabierta, no pudo evitar que por sus mejillas corrieran sus lágrimas...
Recordó con tristeza aquel fatídico accidente en el que Clara volvió a quedar impedida de sus piernas y en el que Pedro, el marido de Clara, perdió la vida...

-Gracias mamá, te quiero mucho así como eres, eres la mejor madre del mundo y siempre te cuidaré...

-Yo también te quiero mucho, hija mía. Duerme mi amor...


(A. S. Pérez)

jueves, 20 de octubre de 2016

EL ALMA A SUS PIES




Aquel hombre rico y afortunado, lo veía todo absurdo, no entendía que se pensara que algo podía venir del corazón. 
Él, sólo veía que el corazón era un músculo capaz de proporcionar riego a todo su cuerpo, pero nada más...

Intentó encontrar su alma dudando que existiera y no supo si estaba dentro o fuera de él, si estaba en su pensamiento o que nada tenía que ver con él, pero continuó su búsqueda porque quería saber la respuesta...


Paseó esa tarde por aquel parque junto a su casa, los mismos bancos, los mismos árboles y las mismas personas que siempre estaban por allí, como esa anciana que siempre miraba con mucha ternura y que parecía no tener ánimo ya ni para alargar su mano y pedir una limosna para poder comer.

Siempre pasaba de largo, pero esta vez la miró, sacó unas monedas y se las dio a la desdichada señora.

Con cansada pero suave voz y casi sin aliento, la pobre anciana, cogiendo su mano, tuvo fuerzas para decir, “Gracias hijo por tener un gran corazón. Es usted muy bueno, me ha llegado al alma...”.

Comprendió al instante con esas palabras, que era verdad, que algo le había impulsado a ayudar con una pequeña limosna a la anciana y que aunque él tuvo ese bello gesto, éste, no vino de su mente, sino que le nació de otro sitio, tal vez del corazón...

Esa noche, las palabras de la anciana le venían una y otra vez a su mente. Quería volver a verla en el parque, porque el darle esas monedas a la anciana le había hecho sentirse muy bien.

Y así fue que al día siguiente fue al parque, pero la anciana ya no estaba allí...


Una señora se le acercó y le dijo, “Lo siento mucho, esto es para usted”. Y le entregó un sobre, “De María para Andrés”. Y dentro una carta de la propia anciana que decía...

"Mi querido hijo:
Sé que has sido muy feliz. Yo también al verte crecer en el seno de una buena familia y siempre he estado cerca de ti, contenta de ver que nada te faltará en la vida y muy orgullosa de ti. He visto crecer a mis nietos y sé que tu esposa es una mujer muy buena.

No tuve suerte en la vida. A tu padre lo asesinaron en la guerra y a mi me acusaron falsamente de algo que no hice y cuando tenías menos de tres años, te apartaron de mí. Pero gracias a una buena amiga, la que te entregó la carta, supe de ti. Y desde que salí de la cárcel, aunque no me daban ya trabajo en ningún sitio y a veces no tenía nada para llevármelo a la boca, eras tú quien me ayudaba a seguir adelante con tan sólo verte. Siempre he estado muy cerca de ti, viéndote crecer y viendo cómo te hacías un hombre de provecho.

Quiero que sepas que siempre te he llevado en el corazón y en el alma, que nunca te abandoné si eso alguna vez te dijeron, que te he querido y que te querré siempre, pero temía que te avergonzaras al saber que yo, que nada tenía y nada valgo, que era tu madre.

Si te han entregado esta carta, es porque ya cumplí mi sueño, no estaré en la tierra, pero desde el cielo, mi alma, siempre estará contigo Andrés.

Tu madre: María".

Ese día lloró Andrés de corazón y en un suspiro, vio su alma y cómo se le caía a los pies...

(A. S. Pérez)